27 feb. 2008

EL ARTE DEL TEJIDO EN EL PAÍS DE GUANE











EL ARTE DEL TEJIDO EN EL PAÍS DE GUANE

(FRAGMENTO)

Por: Marianne Cárdale de Schrimpff

Véase el documento completo en:

http://www.lablaa.org/blaavirtual/folclor/guane/indice.htm

INTRODUCCIÓN

Una de las mayores preocupaciones de los historiógrafos y los antropólogos contemporáneos es el escaso material con que se cuenta para ahondar en el estudio de las culturas precolombinas, especialmente en los terrenos donde habitaron los muiscas y los guanes.

Estas sociedades no impulsaron construcciones o monumentos permanentes que hicieran posible un mayor conocimiento de sus costumbres y una información sobre su recorrido histórico. Diferente ocurrió con los aztecas, los mayas y los quechuas, pueblos que ofrecen al investigador una amplia gama de evidencias que les ha permitido reconstruir un buen trecho de su pasado y de realizar estudios socio-económicos de gran trascendencia cultural.

Es así como contamos solamente con los objetos de oro que dejaron los españoles, algunos textiles y cerámicas.

Con los guanes es más dramática la ausencia. Y por eso, gran parte de su cultura permanece en el misterio. Además de ágrafos, no hubo un cronista que describiera su cultura y que, como Cieza de León en el Perú, se preocupara por escudriñar el pasado de esa raza de tez más clara que los otros nativos y de mujeres dotadas de singular belleza.

En Santander algunos historiadores se han preocupado, con grandes dificultades, por estudiar el pasado Guane. Personas de interés cultural han dedicado varios años a buscar datos en fuentes primarias y así poder armar con más aproximación el hasta ahora desconocido mundo Guane.

Martín Carvajal Peralta, Mario Acevedo Díaz y el presbítero Isaías Ardila Díaz, realizaron una fecunda labor y gran parte de lo que hoy existe en materia precolombina en Santander fue conformado por ellos.

Ahora, en 1989, por la indicación feliz de Humberto Castellanos, vecino del municipio de Los Santos, la Academia de Historia de Santander recogió unas muestras de telas encontradas en cuevas en la vereda denominada La Purnia.

Por intermedio de la comisión del V Centenario y el Área Cultural del Banco de la República se contrató a la experta en textiles Emilia Cortés, quien procedió a arreglar las telas técnicamente con el objeto de poder estudiarlas de forma científica. Son 71 piezas bellamente elaboradas, tejidas varios siglos antes de la llegada de los españoles.

EL TEJIDO GUANE

Muiscas y guanes tenían la costumbre de momificar o disecar algunos de sus muertos para depositarlos en cuevas secas, envueltos en mantas . Aquí, abrigadas de los elementos y escondidas de la codicia del hombre, muchas se han conservado durante siglos —y, a veces, casi un milenio— permitiéndonos el privilegio de contemplarlas.

Esas cuevas se localizan generalmente en peñas escarpadas, de forma que en ocasiones se necesitan lazos o andamios para llegar a ellas. Además, habitualmente la entrada era cuidadosamente tapada y resulta muy difícil de descubrir. Por si fuera poco, quien entre en estas cuevas corre el riesgo de contraer histoplasmosis, enfermedad mortal que ataca los pulmones y que es causada por un hongo presente en los excrementos de los murciélagos que habitan algunos de estos lugares.

Los primeros hallazgos de cuevas mortuorias se remontan a los inicios de la colonia. Entonces las cuevas se consideraban como "santuarios", lugares sagrados de un sistema de creencias no católico, hecho que los asociaba automáticamente con el "demonio", por lo cual sacerdotes y religiosos de la época se sentían en el claro deber de destruirlas. Sin embargo, las descripciones coloniales nos permiten apreciar el aspecto que tuvieron originalmente algunas de estas cuevas principales.

En 1602, por ejemplo, según la reseña de Vicente Restrepo, Fray Pedro Mártir de Cárdenas descubrió "una cueva donde los indios de Suesca colocaban los cuerpos de los que morían. Quitada la losa que la cerraba, se hallaron más de 150 momias sentadas en rueda y en medio, el cacique, con sartas de cuentas en los brazos y cuello y, en la cabeza, una toca a modo de turbante. Junto a él había muchas telas pequeñas de algodón".

La mayoría de los textiles que hoy forman las colecciones de los museos se descubrieron durante el presente siglo, pero casi todos en cuevas que ya habían sido revueltas por buscadores de tesoros, por lo cual nuestra información sobre los hallazgos es generalmente deficiente. Afortunadamente tenemos para el territorio Guane las descripciones de personas como Justus W. Schottelius quien visitó uno de los sitios más grandes e importantes de la Mesa de los Santos, (la cueva de los Indios, descubierta en 1939), y de Martín Carvajal y Mario Acevedo Díaz, quienes en aquella época exploraron numerosas cuevas en esta misma meseta, algunas de ellas intactas. Aunque en la cueva de los Indios se encontraron algunas momias en posición extendida, las descubiertas por Mario Acevedo estaban siempre en posición flexionada y envueltas, generalmente, en dos mantas y un tejido burdo de fique como un costal que formaba la envoltura exterior. En estas cuevas, por lo general, las momias estaban rodeadas por su ajuar conformado, generalmente, por varias vasijas. Los hombres estaban acompañados por poporos con cal para usar cuando mascaban las hojas de coca y por macanas para la cacería y, quizás, la guerra. Al parecer, los husos para hilar se encontraban junto a las mujeres. No notaron diferencias entre las envolturas utilizadas por los hombres y las mujeres.

Los primeros textiles y momias llegadas al Museo Casa de Bolívar eran, en su gran mayoría, donaciones de Martín Carvajal, Gustavo Ordóñez Cornejo y, principalmente, Mario Acevedo Díaz. Hace poco, en marzo de 1988, se descubrieron otras dos cuevas de gran importancia, las de El Conde y El Duende, en la vereda La Purnia, de la Mesa de los Santos. Gracias al buen oficio de Humberto Castellanos y de varias personas vinculadas al Museo, una buena parte de los textiles y otros artículos de ajuar también llegaron a formar parte de sus colecciones. Estos nuevos hallazgos son de enorme importancia por la gama de prendas que abarcan y por la altísima calidad de muchas de las mantas, de las cuales se encuentra una muestra representativa en esta exposición. La edad de las telas de Los Santos fue precisada por algunas fechas de carbono 14 reseñadas en el capítulo de Mario Acevedo Díaz. Estas fechas indican una tradición textil guane, con una marcada continuidad en técnica y diseño, durante un período de unos quinientos años, es decir, desde el siglo XI hasta el siglo XVI después de Cristo. Hasta ahora no hemos aprendido a distinguir las telas más recientes de las más antiguas. Tampoco se conocen, en el momento, textiles del período anterior o pre-guane.

FIBRAS, HILOS Y TINTAS

La fibra más utilizada entre los guanes era el algodón. Todas las mantas en las colecciones de los museos parecen haber sido elaboradas con este material; sin embargo, Martín Carvajal hace una referencia interesante a una manta que tenía en su colección particular que fue confeccionada utilizando una mezcla de algodón con fibras de lana del árbol de ceiba. De menor importancia era el fique, empleado para fabricar cabuyas y algunas mochilas.

Cabello humano. Un material que llama especialmente la atención es el cabello humano, empleado para elaborar algunos gorros, fabricados con la técnica de "red sin nudos" o anillado, empleada hoy en las conocidas mochilas de los indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta. El uso de cabello humano plantea muchas preguntas interesantes —¿cabello de quién? ¿quién fabricaría el gorro? ¿por qué cabello?—. El uso del pelo largo, generalmente muy abundante y bien cuidado, ha sido tradicional entre los indígenas, hombres y mujeres. Entre los actuales indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta, los hombres fabrican sus propios gorros. Tal vez podamos imaginar al futuro dueño del gorro guane, no sabemos si hombre o mujer, empleando la fuente de materia prima más cercana: cortando pequeñas cantidades de su propia cabellera a medida que las necesitaba. Por cierto, el cabello, siendo el material que la naturaleza nos dio, debe ser un material bastante cómodo y apropiado para un gorro: a la vez fresco y abrigado. Para un gorro se utilizó cuerda de dos cabos, cada una de las cuales está formada por 25 o 30 pelos; para fabricarlo se hubieran necesitado unos 132 metros de cuerda, así que si estos gorros fueron tejidos con cabello propio, no hubiera sido una prenda para reemplazar con frecuencia.

Fique. Conseguir el fique debió ser fácil puesto que en aquella época abundaría tanto en la región como hoy en día.

Algodón. Entre los vecinos muiscas, era un artículo de comercio de gran importancia y existen múltiples referencias, tanto en las obras de los primeros cronistas españoles como en los documentos de archivo, sobre el trueque de mantas por algodón en bruto. Generalmente, los indios de determinado lugar o cacicazgo de tierra fría iban a un lugar fijo en tierra templada, localizado hasta a dos ó tres días de viaje a pie; se acudía también a los mercados grandes de Tunja, Sogamoso y Duitama. Entre los guanes, cuyo territorio tenía una altura promedio menor, es probable que cada cacicazgo hubiera tenido sus propios cultivos de algodón.

Una vez cosechado el algodón, son varios los procesos a seguir antes de obtener el hilo. Primero, es necesario separar la semilla de la fibra que la envuelve. En Santander, hasta hace poco, esto se hacía colocando algunos copos encima de una piedra plana y presionando con una pequeña vara de madera de sección circular, utilizada en forma de rodillo. Entre muchos grupos indígenas actuales, este proceso se hace sacando la semilla con las manos; luego se disponen las fibras de tal manera que formen un pequeño "cojín" rectangular, para finalmente golpearlo con un palo hasta que las fibras individuales queden bien separadas y fáciles de hilar.

Hilos. Para el hilado se emplea un huso que consiste en una varilla de madera dura, preferentemente de palma, con un volante o disco —que puede ser fabricado en distintos materiales como madera, piedra, hueso, cerámica o hasta una fruta o una papa— colocado en su parte inferior. El volante da el peso necesario para hacer girar el huso. Entre los hallazgos en las cuevas de la Mesa de los Santos, se incluyen algunos volantes fabricados en piedra gris o negra con decoración incisa, los cuales, por su parecido con ejemplares muiscas, parecen haber sido importados desde el sur; seguramente merecían un aprecio especial no sólo por su decoración, sino también por su peso y su forma bien equilibrada.

Sosteniendo la masa de fibra preparada en una mano, con la otra se va sacando y estirando lentamente hasta formar un hilo todavía sin torcer. El otro extremo del hilo se fija al huso, que se hace girar como un trompo para torcerlo, enrollándolo luego sobre la varilla y repitiendo el proceso. Para hacer un hilo más resistente se pueden unir dos, retorciéndolos en el sentido opuesto al hilado original, logrando un hilo de dos cabos. La torsión del hilo puede ser en la dirección de las manecillas de un reloj o en el sentido contrario. (...)

Colorantes. Guanes y muiscas decoraron sus telas de dos maneras principales: tiñendo el hilo para poder tejer con hilos de diferentes colores y así formar diseños, o pintando directamente sobre la superficie de la tela. El teñido en pieza —sumergiendo todo el tejido, una vez terminado, en el color— no era usual. Con el paso del tiempo y las condiciones en las cuevas, los colores se han deteriorado hasta tal punto que en muchos casos es difícil determinar exactamente cuántos tonos se utilizaron en una tela determinada. Se han logrado distinguir alrededor de seis colores diferentes: blanco (el color natural del algodón), rojo (posiblemente más de un tono), negro, por lo menos dos tonos de marrón o café y, para las mantas pintadas, verde-azuloso.

Estudios de los colorantes indican el uso de tintas vegetales, a veces combinadas con taninos o con hierro, empleado como mordiente. Al parecer usaron, en algunos casos, una mezcla de dos o más plantas para lograr el tono deseado. No podemos precisar por el momento las especies utilizadas, aunque la información sobre las tintas empleadas en el área durante la época colonial nos proporciona algunos indicios. Para el rojo existían varias alternativas: el palo del brasil {Hematoxylon brasileño) que a principios de este siglo abundaba todavía a orillas del Chicamocha, la "bruja" (Rubia nítida), pariente americana de la famosa rubia europea, y un liquen, las "barbas de piedra" (Usnea barbota). Para el color naranja se usaba la cáscara del trompeto (Bocconia fmtescens). Pablo Pérez encuentra, en una visita del año 1602, un dato curioso sobre los muiscas que habitaron lugares como Chusvita en el cañón del río Chicamocha, en los límites septentrionales de su territorio. Según este documento, los indios de aquella época hacían "labranzas de 'ayales verde y colorado' conque se tiñen las mantas coloradas por ser tierra templada" ("hayo" era la palabra utilizada en la época colonial para coca). Una investigación en proceso, de gran interés, es el análisis emprendido por Beatriz Devia de los colorantes en las fibras arqueológicas.

Una dificultad que se encuentra es que una misma planta puede proporcionar colores muy distintos según la preparación de la tinta; por otro lado, la composición química de los colorantes en diferentes plantas puede resultar prácticamente idéntica. Según este estudio, los colorantes de color café utilizados en una manta de la Mesa de los Santos que pertenece hoy al Instituto Colombiano de Antropología, serían compatibles con el uso de la rubia (Rubia tinctorum) en conjunto con el dividive (Caesalpinia tinctoria) para proporcionar taninos; como la primera de estas plantas es del Viejo Mundo posiblemente utilizaron una de las especies relacionadas de aquí. El análisis de dos tintas cafés en otras mantas, revela colorantes de tipos presentes en la madera del árbol dinde (Chiorophora tinctorea) utilizado también con dividive; sin embargo no se ha encontrado, hasta ahora, evidencia del uso de dos colorantes muy importantes durante la época colonial: la cochinilla y el índigo. No se han analizado, hasta el momento, hilos negros, color que se puede lograr tiñendo primero con las hojas de la enredadera "chica" (Bignonia chica) y luego enterrando la madeja o, eventualmente, la pieza, en barro, sistema empleado para las conocidas esteras de palma fabricadas actualmente en el departamento del Cesar.

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