26 oct. 2008

EL OLVIDO DE LOS GUANES

Por: ELIZABETH REYES LE PALISCOT

Once de la mañana. En una esquina del parque principal de Barichara, un grupo de mujeres espera hace tres horas que llegue el camión que las llevará hasta Butaregua, una vereda de tierras áridas vigiladas por altas cinglas, esas montañas como rajadas con un cuchillo mal afilado y llenas de despeñaderos.
Lo que demorarían caminando casi cuatro horas, estas mujeres lo recorrerán en 40 minutos y pagarán 2.500 pesos, agarradas como puedan de las barandas del único transporte que existe hasta el lugar y tratando de no tragarse el polvo que se pega al aire que respiran.
El sol implacable les ha tostado un poco más su piel trigueña y las arrincona en esa esquina mientras esperan.
Luz Herminia Ortiz está en su último mes de embarazo y viajó hasta Barichara para hacerse un control prenatal. Y aunque ha caminado la vía que separa el pueblo de los ‘patiamarillos’ de Butaregua, prefiere esperar que el camión la acerque hasta su rancho.
En Butaregua, son pocas las casas levantadas en ladrillo. Por eso, esta mujer de 33 años habla de “los ranchos”, construidos, en su mayoría, con la técnica ancestral del tabique o bahareque, cuyas paredes están hechas de barro y piedra mezclada.
—“Pero, antes, mucho antes, no tenían el techo de metal sino que eran de paja”, dice.
Ya de camino, Luz Herminda tiene un puesto privilegiado. Nadie quiere que su bebita se adelante. Y aunque en Butaregua son muchos los niños que han venido al mundo con la ayuda de Griselda Ortiz, que heredó el oficio de partera de su abuela y luego hizo un curso de primeros auxilios y hoy es promotora de salud, Luz Herminda explica que esa práctica ya no la permiten las entidades de salud, así las mujeres de Butaregua, por tradición, lo quisieran.
La razón es que ninguno de los 202 niños que han nacido en las manos de Griselda desde que tenía 15 años, ha muerto.
Dispersos pero emparentados
El recorrido desde Barichara tiene decenas de desvíos y una cerca de piedra es la guía para llegar a Butaregua.
Y aunque la zona parece hosca –según las cuentas de estas mujeres hace más de 60 días que no llueve-, llegando a la vereda el cedro abunda y sin proponérselo, sus habitantes han conservado el bosque y una gran ceiba abullonada, quizá más grande y vieja que la del parque central de Barichara, da la bienvenida a una comunidad que se encuentra dispersa.
Llegar a Butaregua es como ir de una finca a otra. Está la escuela vieja y más lejos, la nueva, que se construye con apoyo de japoneses al mejor estilo de las construcciones que caracterizan la turística Barichara. También está en construcción una capilla. Está la cancha. El puesto de salud. Y los ranchos. Algunos se levantan entre piedras que llevan impresa las huellas de lo que antes fue una zona cubierta de agua.
— Dicen que en Butaregua vivieron los últimos indígenas guanes…
Luz Herminda se queda callada.
— “Eso dicen…”, es lo único que responde luego de pensarlo. “Pero yo no sé nada, lo que sí se es que se ha conservado la tradición de casarnos entre primos, por eso, aquí en Butaregua la mayoría somos de apellido Ortiz o Afanador”.
Don Ramiro Afanador Ortiz es uno de los hombres que más años tiene en Butaregua y con “mejor memoria”, dice Luz Herminda, “pregúntele…”.
Su pedazo de tierra tiene tres construcciones en bahareque y un caney que desde hace años utiliza para hilar el fique con el que su familia fabrica costales.
Hasta donde sabe don Ramiro, un hombre con cejas abundantes y largas, que camina despacio para no agitarse, su abuelo, Julián Afanador, tuvo a Luis Felipe Afanador que se casó con Ana Dolores Ortiz, sus padres. “Y luego todo siguió entre familiares…”.
“Es que de aquí nadie salía a conseguir mujer y mucho menos venían de otros lados a conseguirla, entonces tocó así”, afirma.
Don Ramiro, que nació en Butaregua, puede contar con los dedos de las manos las veces que ha salido de la región en sus 72 años de vida, y menos desde que su corazón no lo deja casi caminar. Pero esta situación se repite con muchos de los habitantes de la vereda. Son pocos los que van a Barichara, se desplazan más a Villanueva, donde mercan cada domingo y venden sus costales.
“En Barichara es más caro todo”, dice una de sus hijas, que mueve rápidamente sus pies en la máquina para hilar.
A Guane, que les queda aún más cerca, casi nunca van.
Puros recuerdos
Se sabe que a partir del siglo XVI, cuando los primeros conquistadores llegaron a territorio santandereano, los Guanes fueron dados en encomienda.
“Nosotros ya estamos muy retirados de los indios. Imagínese, hace 478 años que ellos pasaron por aquí”, dice don Ramiro, con plena convicción de sus conocimientos. El dato se lo dio un historiador que visitó Butaregua. Y lo repite.
De lo que sí fue testigo este hombre y que confirma que heredaron hasta las injusticias cometidas contra los indígenas, es que las tierras que ahora les pertenecen a los raizales, eran de familias asentadas en San Gil.
“Nos tenían como esclavos. Les dábamos ‘a terceras’ de la cosecha, poniendo además las semillas (esta forma de pago se remonta a la época feudal).
Por eso, entre 50 familias finalmente compraron las tierras que corresponden a Butaregua por 1 millón 800 mil pesos, hace más de 60 años, cuando llegó el Incora a la región.
Pero además del duro trabajo y las mínimas ganancias, hace más de cuatro décadas en Butaregua aún se conservaba la costumbre indígena de dormir en el suelo bajo las típicas construcciones de paja.
“No se conocían las cujas (camas). Yo dormí en casa empajada y lo de las camas empezó porque un carpintero del Incora nos enseñó a construirlas aprovechando el cedro que teníamos”.
De las viejas épocas vienen también las totumas y los calabazos (recipientes para beber) y la costumbre de cocinar en “pura olla de barro”.
El bocachico, que pescan en el río Suárez, a 40 minutos a pie desde la vereda, aún lo conservan como lo aprendieron de los abuelos: “lo salamos y colgamos como las hojas del tabaco”, explica.
“Ñor viejo”
Tenía los dientes gruesos, la piel chocolate, los ojos amarillos, pardos, como los de un gato y era alto. Así describe Griselda Ortiz a “Ñor viejo”, su abuelo. “Él sí que parecía un indígena. Lo que pasa es que aquí a la gente no le gusta mucho que la relacionen con los Guanes, es como si esto los hiciera sentir menos, pero no lo podemos negar…”, dice.
— ¿Y sabe qué significa Butaregua?
— No…
Pero su hija dice entre murmullos: “Agua que cae de lo alto”.
— ¿Y hay otra palabra que conserven?
— No…
La mamá de Griselda, Tránsito Rojas, que cumplirá este mes 82 años, hila al lado de su hija mayor, Edelmira, y las dos llevan el ritmo con los pies. Dice que el trabajo con el fique es realmente reciente y que fue un oficio que “trajeron de otro lado”.
— ¿Durmió en el piso?
— Claro (risas).
— ¿Y su abuelo tenía rasgos indígenas?
— Eso dicen.
— ¿Hay algo que usted conserve de las viejas tradiciones?
Doña Tránsito piensa y muestra una piedra hueca en forma de vasija (metate)
“Ahí molemos el maíz para preparar la chicha, siempre ha sido así. Todas las mujeres lo hemos hecho así. Ahí se soba para al otro día echarlo a coser. Luego se cuela cuando está quebrantado…”, dice y queda en silencio.
Su hija Edelmira alza los hombros. No recuerda otra cosa que tenga que ver con los Guanes.

Tomado de: Vanguardia Liberal.

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